
Por Cecilia García Robles
«El trauma no siempre se trata de lo que ocurrió, sino de lo que sucede dentro de una persona como resultado de lo que ocurrió». Gabor Maté
Aunque todas las experiencias traumáticas quedan grabadas en el cuerpo, no todos son iguales. Para comprender mejor su impacto en la vida de una persona, se ha hecho una diferenciación entre los traumas con “T” mayúscula y los traumas con “t” minúscula. Esta distinción no pretende jerarquizar el sufrimiento, sino reconocer la diversidad de experiencias que pueden afectar profundamente el desarrollo emocional, la percepción del mundo y la relación con uno mismo.
Los traumas con “T” hacen referencia a eventos abrumadores, extraordinarios, que amenazan directamente la vida o la integridad física y psicológica. Son las experiencias que tradicionalmente se han vinculado con el diagnóstico de Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT): abusos sexuales o físicos, guerras, desastres naturales, accidentes graves, tortura, violencia doméstica, entre otros. Son hechos innegables, muchas veces visibles y socialmente reconocidos como traumáticos.
En cambio, los traumas con “t” son más sutiles, crónicos y, a menudo, invisibles. No implican necesariamente una amenaza de muerte, pero sí afectan de manera profunda el mundo interno. Incluyen experiencias como negligencia emocional en la infancia, invalidación constante, humillación, rechazo, exclusión social, inseguridad económica o la falta de una figura cuidadora presente y empática. Estos traumas son pequeños cortes repetidos en el alma que, con el tiempo, pueden ser igual o más incapacitantes que los traumas “T” si no se abordan.
Ambos tipos de trauma comparten un núcleo común: la ruptura en la sensación de seguridad, la pérdida de conexión con uno mismo o con los otros, y la fragmentación de la experiencia. Y ambos pueden sanarse cuando se ofrece un espacio seguro, compasivo y regulado donde lo vivido puede ser sentido, nombrado e integrado.
Gabor Maté lo explica con claridad: el trauma no siempre se trata de lo que ocurrió, sino de lo que sucede dentro de una persona como resultado de lo que ocurrió. Muchas personas con una historia de traumas “t” arrastran síntomas de desregulación emocional, dificultades vínculares, autoexigencia extrema o vacío existencial sin poder nombrar con claridad qué les pasó para desarrollar esos síntomas. La respuesta muchas veces está en lo que no pasó: en las carencias afectivas, en lo que no se dijo, en los abrazos que faltaron, como desarrolla Anabel Gonzalez en su libro «Lo que no pasó».
En el trabajo terapéutico es esencial no minimizar el impacto de los traumas “t” por no ser “grandes eventos”. El sistema nervioso no distingue la gravedad según criterios sociales, sino por el nivel de amenaza percibida y la capacidad (o no) de respuesta adaptativa. Por eso, validar estas experiencias y trabajar su integración es tan importante como abordar los traumas “T”.
