
Por Cecilia García Robles
Algunas partes internas quedan vinculadas al dolor original y conservan conservar el miedo, la tristeza, la soledad, la vergüenza con creencias como “no valgo”, “no hay nadie para mí” o “no estoy a salvo”.
El trauma es mucho más que haber vivido un accidente de tránsito, una catástrofe natural o un evento desafortunado. El trauma puede verse como no haberse sentido importante para nuestros padres, haber vivido bullying en la escuela o haber experimentado una profunda soledad emocional.
Estas experiencias abrumadoras generan una multiplicidad de efectos en nosotros, desde revivir el miedo al abandono, la vergüenza o la rabia, hasta no poder dormir o sentir que hay que ser perfecto para ser amado.
Esto provoca que una parte de nosotros quiere avanzar mientras otras sigue viviendo con las mismas emociones y creencias que en el momento del trauma.
El modelo Internal Family Systems (IFS) ofrece una manera especialmente humana de comprender esta aparente contradicción interna, ya que explica que dentro nuestro coexisten diferentes partes, y todas tienen una historia y una razón para comportarse como lo hacen.
Algunas partes internas quedan vinculadas al dolor original y conservan conservar el miedo, la tristeza, la soledad, la vergüenza con creencias como “no valgo”, “no hay nadie para mí” o “no estoy a salvo”. IFS denomina exiliadas a estas partes vulnerables.
Sin embargo, el contacto con estas partes puede ser demasiado desorganizante para nuestro sistema, y surgen otras partes que intentan protegernos de volver a sentir ese dolor. A estas se las conocen como protectoras.
Hay partes protectoras que buscan mantenerlo bajo control: se vuelven hiperresponsables, complacientes, perfeccionistas, exigentes o necesitan anticiparlo todo. Son los protectores gerentes, que intentan prevenir que algo vuelva a hacernos daño.
Otras reaccionan cuando el sufrimiento ya se ha activado. Necesitan atenuarlo cuanto antes y pueden hacerlo mediante la desconexión, la ira, la comida, el alcohol, las conductas compulsivas, el aislamiento o cualquier estrategia que consiga disminuir momentáneamente aquello que resulta insoportable. IFS las denomina protectores bomberos.
Richard C. Schwartz, el creador de este modelo, sostiene que no hay partes malas: todas cumplen un rol y siempre es el mejor que pueden con los recursos que tienen. Y esto cambia completamente la pregunta que suelen hacerse los terapeutas: en vez de pensar ¿cómo hacer para que esta persona cambie o deje de tener estos síntomas? empezar a preguntarse ¿qué nos está intentando decir o hacer esta parte para mantener el sistema en equilibrio?
Este cambio de mentalidad permite comprender que una conducta que hoy genera sufrimiento pudo haber sido, en algún momento, la mejor solución que encontró nuestro sistema para sobrevivir.
IFS no intenta arrancar las defensas para llegar rápidamente a la herida, no quiere sacarse de encima a los protectores ni a los exiliados, sino escuchar, comprender, validar, y desde la confianza, buscar soluciones más adaptativas. Esto permite acercarse al dolor traumático de una manera gradual y respetuosa.
IFS plantea además que debajo de todas estas partes existe algo que el trauma no destruyó: el Self. No es otra parte, sino una capacidad interna asociada a cualidades como la calma, la curiosidad, la claridad, la confianza, el coraje y la compasión.
Cuando podemos relacionarnos con nuestras partes desde ese lugar, comienza a ocurrir algo diferente: en vez de luchar contra el miedo, podemos escucharlo; en lugar de odiar nuestras partes controladoras o inflexibles, podemos comprender qué intenta evitar; en vez de avergonzarnos de nuestras reacciones, podemos descubrir la historia que existe detrás de ellas.
Con el tiempo, las partes heridas pueden dejar de cargar con emociones y creencias que pertenecen al pasado, mientras que los protectores descubren que ya no necesitan trabajar de maneras tan extremas.
Sanar el trauma no significa olvidar lo ocurrido ni eliminar partes de nosotros mismos. Significa que aquello que alguna vez tuvimos que hacer para sobrevivir ya no tenga que dirigir nuestra vida presente.
Y quizá esa sea una de las propuestas más profundas de IFS: no necesitamos luchar contra nosotros mismos para sanar, sino comprender por qué cada parte aprendió a protegernos y ayudarla a descubrir que, finalmente, el presente puede ser diferente.
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